Saturday, September 24, 2005

El pozo


Hace tiempo encontré una pequeña y lóbrega biblioteca oculta tras uno de los muros de piedra que forman mi estancia. A pesar de poseer un reducido número de volúmenes, todos y cada uno de ellos cautivaron mi atención. El más enigmático se titulaba "B". Estaba encuadernado con piel, ajada por los siglos, y sus páginas eran negras. No era como primero pensé debido a su apariencia un antiguo grimorio, sino que relataba una serie de anómalos (¿sobrenaturales?) sucesos relacionados con un pozo en medio del bosque de cipreses junto al osario. Fue gracias al libro que descubrí su existencia.
Desapariciones, voces que provenían de la nada, imágenes imposibles reflejadas en su fondo. La lista era interminable. Debo admitir que siento fascinación por lo inexplicable, seguramente debida a mi obsesión por las demostraciones. Decidí que tenía que ver, oír o sentir cualquiera de esos fenómenos. Mi formación científica provocaba oleadas de escepticismo que casi ahogaban la excitación que cualquier novedad me inspira. Al día siguiente, cuando el sol todavía luchaba para no ser engullido por las montañas, me encontraba delante del misterioso pozo. Hacía frío, como a mí me gusta. Mi camisa de seda negra no alcanzaba a proporcionarme suficiente abrigo, pero la sensación de la brisa acariciándome bajo la tela era agradable. Podía percibir un inminente invierno por la forma en que las sombras se alargaban. Los árboles murmuraban, cernidos sobre mí.
Los músculos de mis antebrazos, abultados por el constante ejercicio al que me había sometido durante los últimos meses, se tensaron cuando me incliné sobre el pozo. De su fondo emanaba olor a descomposición, a hojas viejas. El agua me devolvía la mirada. Ligeras ondulaciones torcían el reflejo de mi cara produciendo la ilusión de una sonrisa sardónica en mis labios.
Nada fuera de lo normal sucedía. Estaba cansado. Las interminables noches de insomnio hacían mella en mí. Me recosté contra la dura piedra y caí en un profundo sueño.
Cuando abrí los ojos de nuevo era ya de noche. Me costó unos segundos saber dónde estaba. Miré alrededor, en la oscuridad. Un parpadeante fulgor provenía de la misteriosa oquedad. Me asomé. Y VI.
Luz cálida resbalando sobre tus pómulos. Los párpados, tersos, abatidos sobre tus púpilas. Duermes. Tu respiración es sosegada y te rodeas con tu propio brazo, como si alguien más te estuviera abrazando. Tantas veces había memorizado tus rasgos mientras no me veías... Pero hay algo más. Siento. Siento lo que sientes. Por un breve momento lo SÉ. Y ese conocimiento me quema el alma. Me abrasa. Ardo.
Y grito. Y mi grito acaba en muda congoja.

Volví a mi pequeña habitación. Y por primera vez en mi vida me pregunté si no era mejor la ignorancia.

Hoy: Peleas y Melisandra, opus 80, Siciliana, de Gabriel Fauré.

Para ti, mi vida.


Sin amor, desde el osario de Sedlec.

1 Comments:

Anonymous Anonymous said...

Tan de bo pogués acariciar el teu pit sota la camisa de seda negra un cop més abans d'oblidar.

2:09 PM  

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